11 de agosto de 2013

I hate you, don't leave me.

Ha pasado mucho tiempo. Mucho, pero menos del que yo creía que había pasado. Siete laaaaargos meses, haciendo énfasis en ''largos''.

No he venido ha volver a blogger, porque no quiero hacer promesas que luego no pueda cumplir, pero ayer me dio por entrar en Mis Dulces Locuras, en leer las entradas y los comentarios de gente que parecía comprenderme, y que supongo que ya no estarán en blogger, pues a medida que estamos creciendo, dejamos muchas cosas atrás. Y yo he dejado esto.

No hubo despedidas ni gritos, ni nada por el estilo. Simplemente me esfumé, y quiero disculparme por ello.

Quien sabe, quizá algún día me dé por volver a escribir, como ahora estoy haciendo.

Las cosas van... bien. Podría decirse que bien. Siempre y cuando nos refiramos a mi mundo fantástico, a el mundo de mi cabeza, a mi verdadera historia en falso. Sé que tendría que abrir los ojos y enfrentarme a la realidad. Saber que no puedo saltar de trenes en marcha, que no he ganado los juegos del hambre. Saber que no puedo cazar demonios por muchas runas que pinte en mi piel con rotulador, saber que no soy un alma poseyendo el cuerpo de una huésped patosa e insegura. Debería hacerme a la idea de que no puedo huir a la tierra salvaje, y que, por muy a mi pesar, los príncipes azules no existen, que son ranas disfrazadas.

Debería ver todo eso, que soy una adolescente normal, que tengo que estudiar y sacarme el graduado, encontrar un trabajo (dificilmente, JÁ), relacionarme con gente. Casarme, tener hijos. Crecer, crecer y crecer. Vivir normalmente y morir.

 El caso, es que, aunque no tenga una varita mágica para cambiar las cosas, me gusta vivir en mi mundo de mentira, pues es más complaciente y más agradable que este. Mucho más.

Eso era lo que quería hacer: desahogarme. Y lo he conseguido, por lo que ya puedo respirar hondo y marcharme como he venido.